Gracias al Amigo, Dr. Ponte que habita en la Galicia interior, nos llega este interesante artículo sobre tres personalidades gallegas, con especial mención al Amigo Dr. Cifuentes, publicado en el diario Faro de Vigo.
No podemos resistirnos a la tentación de incluir aquí lo que de el dicen, que no es poco:
Eminencia veterinaria
Una historia similar, pero a 40 kilómetros de distancia, narra la infancia de José Manuel Cifuentes Martínez. El ourensano es profesor titular de la Facultad de Veterinaria en la USC, donde ha sido vicerrector adjunto de la institución, y desde 2025 es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Veterinarias de España; pero sus primeros pasos suenan a zamarreiros y Día de Reis, ya que es originario de A Mezquita. Allí creció cuando el municipio contaba con cinco aulas unitarias masculinas y cinco femeninas —«todavía non existía a coeducación», recuerda— y en la de la propia capital municipal compartía maestro con alrededor de una treintena de niños de entre seis y catorce años. «Un só mestre estaba atendendo a rapaces de todas esas idades e tiña que poñer actividades diferentes segundo os cursos», relata. Primero fue don Jesús, un profesor ya mayor al que recuerda como «moi entrañable»; después pasarían don Antonio y don Baltasar.
Al igual que Blanco, aquella mezcla de edades es precisamente uno de los aspectos que Cifuentes rescata de su educación: «Viamos os maiores e sentíaste estimulado por sentirte xa como eles, xa que ías á mesma escola». También conserva la imagen de unos recreos muy distintos a los actuales, en los que bastaba con salir a la calle para jugar y donde «o máis sofisticado era xogar ao fútbol cun balón». El entorno acabaría influyendo incluso en su vocación. «Eu son un neno da aldea», resume antes de recordar una casa natal en la que había vacas, una yegua, gallinas o cerdos. De aquella convivencia cotidiana con los animales nació un interés temprano por las ciencias de la salud que primero apuntó hacia Medicina y terminó conduciéndolo a Veterinaria. Tanto fue así que durante toda la carrera mantuvo una idea fija: «Rematar e volver a unha aldea, se era en Galicia moito mellor, e traballar de veterinario rural». La apertura de la Facultad de Veterinaria en Lugo y el interés por la investigación acabaron cambiando el plan.
A los once años dejó A Mezquita para estudiar interno en Ourense y, posteriormente, continuó su formación en Madrid. Cifuentes recuerda aquel salto «máis como un cambio social que educacional»: pasó de vivir en casa y compartir aula con niños de todas las edades a un colegio con cursos separados y varios profesores. Hoy, después de casi cuatro décadas dedicado también a la docencia universitaria, sigue viendo virtudes difíciles de reproducir fuera del rural. La primera, «estar preto da casa»; la segunda, una «atención moito máis personalizada». Pero añade otra menos cuantificable, la de crecer dentro del propio entorno. Para explicarlo recurre a un ejemplo tan simple como gráfico: «Poñéndose simplistas, calquera rapaz da aldea sabe que o leite vén da vaca; nas cidades moitos pensan que vén do brik», bromea. Una forma de resumir esas experiencias cotidianas que, asegura, «te enriquecen moitísimo», desde el contacto con la naturaleza hasta una libertad que todavía reconoce cuando vuelve y ve a niños jugando por la calle. Como contrapartida, admite una menor oferta de actividades extraescolares y servicios.
Para quienes ocupan hoy aquellos pupitres, su mensaje vuelve precisamente al punto de partida: que el código postal no se convierta en techo. «Que non haxa limitacións porque digas: “Eu estou na aldea e non podo”. Non». Cifuentes insiste en la cultura del esfuerzo, pero también en que las administraciones deben garantizar becas, comedores o residencias que permitan continuar estudiando cuando sea necesario marcharse. «As cousas non chas regala ninguén, tes que traballalas para chegar a onde queres», concluye.








