No puedo llegar a imaginar que pasaría si el sagaz fray Guillermo de Baskerville hubiese paseado su lupa de erudito por ciertos scriptorium de la Alta Edad Media. Aquel detective con hábito franciscano, al que la magnética interpretación de Sean Connery en El nombre de la rosa convirtió en inolvidable, no se hubiese limitado únicamente a rastrear un exótico veneno untado en los bordes de un códice prohibido de Aristóteles. No, su agudo olfato se habría topado con un asesino biológico muchísimo más formidable incrustado en las mismísimas entrañas del soporte de escritura. Y es que, cuando imaginamos a un laborioso monje encorvado bajo la mortecina luz de una vela copiando devotamente las epístolas de San Pablo, solemos obviar un detalle truculento. Aquel copista, convencido de estar cincelando la palabra divina para la eternidad, ignoraba por completo que su flamante pergamino (un lujo fabricado a base de pieles curtidas de oveja, cabra o becerro) estaba archivando un rastro forense invisible y letal sobre la salud del animal en la hora exacta de su matanza.
La paleogenética, una disciplina con una fabulosa querencia por resucitar espectros epidemiológicos del pasado, ha dado la campanada. Resulta que un equipo científico liderado por investigadores del University College Dublin (UCD) acaba de publicar un artículo sobre la busqueda de material genético en manuscritos, como los mismísimos Evangelios de York (una joya iluminada de hace unos mil años) o el Corpus Glossary, considerado uno de los primeros diccionarios del idioma inglés, datado hacia el 800 d.C.. ¿El veredicto del laboratorio? Varias de aquellas eruditas páginas dieron positivo en el ADN del temible virus de la viruela ovina.
Aunque este virus no ha supuesto una amenaza directa para el Homo sapiens, constituía un apocalipsis económico de proporciones bíblicas para cualquier sociedad pastoril del medievo. Viruelas, enfermedad y sociedad. Una estrecha relación, que quizás alguien, esperemos que próximamente, pueda abordar desde el punto de vista de la veterinaria y sea capaz de acercar el papel de la profesión en la lucha contra estos virus.
Pero aquí llega la gran ironía detectivesca del hallazgo. Los investigadores se toparon con el rastro de este virus, típicamente ovino, escondido en pergaminos que habían sido confeccionados… ¡con piel de ternero y de cabra!. Los investigadores Louis L’Hôte, Kevin G. Daly y su equipo resolvieron este enigma señalando a la peculiar, y nada aséptica, contaminación cruzada que reinaba en los talleres de los pergamineros medievales. Para preparar los soportes de escritura, los artesanos zambullían simultáneamente las pieles de distintas especies en gigantescas cubas de agua y cal con el fin de arrancarles la grasa y el pelo. En esa suerte de macabra “sopa” biológica, la extremada resistencia del virus permitía que el material biológico de una sola oveja infectada emponzoñara con pasmosa facilidad la piel de un becerro perfectamente sano.
Tirando del hilo del tiempo con infinita paciencia, los científicos no se conformaron con la Edad Media. Compararon este genoma literario con muestras extraídas de dientes de ovejas de la Edad del Bronce, desenterradas en lejanos asentamientos de Rusia y Kazajistán. Como los dientes protegen el material genético mil veces mejor que el cuero a la intemperie, confirmaron los peores presagios: este enemigo lleva al menos 3.700 años amargando la existencia a los rebaños. De hecho, la divergencia genética de estos Capripoxvirus coincide milimétricamente con la primera domesticación animal y su histórica diáspora desde las vastas estepas euroasiáticas.
Y así, de forma insospechada, los invaluables folios donde Occidente apuntaló sus letras y su teología nos devuelven ahora cuestiones más mundanas como los males que acechaban al ganado. Quién le iba a decir a aquellos agotados artesanos del cuero que su humilde oficio acabaría transformando cada incunable en la cápsula del tiempo perfecta para la historia de la veterinaria.
Apertas dende o Finis Terrae
Cortesía del Amigo Dr. Diego Conde. ENLACE









Impresionante. Para los que nos dedicamos a la sanidad animal, es un trabajo excepcional. Este tipo de estudios evidencia lo importante que es la perspectiva histórica para estudiar y comprender nuestro presente y nuestro futuro.